Las cosas por allá…

Embotellamiento en La Habana

En Cuba no falta nada. Hay que hacer colas pero no falta nada. Eso me dicen algunos a los que llamo. ¡No hay nada! Nada que comer, no hay medicinas, no hay productos de higiene, me dicen otros. No hay esperanza. ¿Cuál es la verdad? Es difícil desde lejos hacerse una idea más o menos cercana a la realidad. En Cuba la realidad depende de quien la cuente, de quien la sienta, y de donde se viva y del dinero que se tenga, en pesos cubanos y en divisas.

Está Prima, la que se embarazó a los 35 años sin planificarlo. Después de tantos años sin poder tener hijos la vida le da ahora la oportunidad de ser madre… pero se lo piensa. Prima piensa en todas las dificultades y todas las carencias y toda la “lucha” que eso le va a traer. Más lucha, más angustia, más problemas. Porque no tiene donde comprar biberones, teteras, el hule de la cuna, por no hablar de pañales (de tela) y porque, aunque quisiera que su hije tenga lo mejor y lo más bonito, se conformará con lo que encuentre. Con lo que le regalen, le consigan, le manden del extranjero. Y luego su hije querrá más leche, más comida, juguetes, ropa, y le crecerá el pie muy rápido y no podrá garantizarle los zapatos. En eso piensa Prima, y se ve retroceder en cámara acelerada y llega al momento en que decidió quedarse en Cuba. En que decidió estudiar una carrera. Todo esto piensa y hace una mueca. Una mueca de amargura y de resentimiento. Va a llamar a un Amigo para ver si él la ayuda.

Amigo, estudió conmigo en la secundaria. Amigo trabaja en el agro del Vedado, donde la gente viene a menudo y tiene dinero. Amigo tiene un servicio de entrega a domicilio, porque las señoras del barrio no pueden cargar, pero necesitan comer. Amigo cobra los productos más caros que en la tarima, porque el que carga es él, para que las señoras no carguen. Cuando los productos son pocos, Amigo prioriza a las señoras, tiene un buen sentido del negocio. Las señoras están contentas con el servicio, Amigo también. Pero la policía no… porque ese servicio está prohibido. No hay ninguna ley que lo diga. Mejor frenar cualquier iniciativa, por si acaso…Así que Amigo tiene que pagar una multa, enorme y tiene que poner los productos en la tarima al precio fijado por el Estado. Amigo mira los productos y piensa en Señora, que no viene hasta su agro porque está muy lejos de su casa para irse cargada con la compra.

Señora está cansada, hala su carrito con las viandas que compró porque el servicio de entrega de Amigo ya no funciona. Pasa por el policlínico para sacar un turno para el fisiatra. Con tanta cargadera ya le duele la espalda y la mano donde tienen una tendinitis hace años. Señora se acomoda en la mano la férula que tiene desde que vino de su último viaje al extranjero, tiene que cuidarla mucho porque en Cuba no hay férulas y la mano le duele. Pasa por la farmacia y ve una cola. Se acerca a ver qué medicina sacaron. Sigue su camino y pasa por la tiendecita donde dejo unas blusas para vender. Las blusas están ahí… Señora piensa en que no tiene huéspedes, en que te tiene que alimentar al perro, pagar dos mil pesos de electricidad, pasar por la oficina de la compañía del gas para reclamar una factura… Señora hace un esfuerzo por no perder la compostura: tiene calor, el nasobuco le nubla las gafas, el carrito pesa y todavía le falta para llegar. Señora se anima pensando que no esta tan mal, al menos tiene salud, dentro de lo que cabe. No está como el pobre Viejo, muriendo poco a poco.

Viejo decidió morir. Viejo fue un gran diplomático, un escritor premiado, una persona simpática. A Viejo lo jubilaron. Viejo decidió ser consultor, pero nadie le pidió consejos. Viejo siguió escribiendo, hasta que perdió la vista. Luego Viejo no pudo caminar más. Viejo no tenía silla de ruedas, no tenía nada que comer, porque la jubilación no le alcanzaba y porque sillas de ruedas, no hay. Viejo pidió ayuda a la asociación de escritores y con la comida que llegaba se tragaba su orgullo y se envenenaba poco a poco de humillación y de desencanto. Viejo se envenenó tanto que los riñones dejaron de funcionar. ¡Diálisis! Dijeron los médicos. Viejo dijo “Si”, pero Viejo ya decidió morir. Antes de irse solo quiere despedirse de Prima, su sobrina, que va a tener un hijo. La pobre. Viejo pide el teléfono. Habla un rato. Se duerme. Para siempre.

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