La fatiga de lo nuevo

Me cansa lo nuevo, la novedad, la última noticia, la más reciente, lo acabado de salir. Por qué esa obsesión con lo nuevo cuando lo interesante y lo que realmente tiene sustancia es lo viejo. Eso que no has solucionado, que ya te ha vencido. Lo viejo frente a lo que te has rendido por falta de constancia, de fuerza contra el tiempo que pasa, que hace de lo nuevo algo pasado, de la última noticia un papel para la basura.

Qué importan tus vacaciones recientes si en unos años serán fotos que nadie mirará. No pensarás en la anticipación de la partida, en el estrés de las turbulencias ni en el olor al bajar del avión. El taxi en el que te sentiste desorientado y con un poco de miedo de que te estafen, el jugo que te tomaste con aprehensión (y tenías razón) ya todo eso solo se puede conjugar en pasado. Lo nuevo está condenado a pretérito perpetuo y por eso aparece con tanta urgencia. Cuando ocurre, ya ha pasado.

Pero aquel recuerdo que te hace sonreír, aquella luz que iluminaba el mar, la arena húmeda bajo las palmas de la mano… la incertidumbre de qué día de la semana era, de qué canción estaba de moda. El esfuerzo por recordar qué ropa llevabas, cómo llegaste allí exactamente, ese pasado que ya está grabado en tu memoria, en tu historia, ese es el que te define, el que te hace importante para alguien, el que hace que alguien sea importante para ti.

La soledad de los vientos huracanados del Caribe; el silencio de la puesta de sol en el Mediterráneo; las cigüeñas crotoreando al canto del muecín; las notas de la guitarra y el entrechocar de los vasos, el humo del tabaco; la piel húmeda y salada secándose al sol… nada nuevo, todo valioso. Todo eso te pertenece mientras la memoria no te abandone.